No, no es broma. Puedo afirmar tajantemente que estoy feliz. Sí, suprema e irremediablemente feliz. Tan feliz que me levanté temprano sin hacer problema, tan feliz que no he dejado de sonreír en la mañana, tan feliz que no he sucumbido ante las ganas de pelear de otros, tan feliz que aún siento que tengo la batería conectada al enchufe, tan feliz que no dejo de pensar en todo, tan feliz que se me ocurrió llamarte y tan feliz que ya quiero que llegue la noche. No creo en la perfección de nada, pero sí hay algo que se acerque a lo perfecto es eso que yo estoy sintiendo ahora. Una mezcla de temor, confusión, ternura, ganas de hacer bien las cosas y de esforzarme porque todo vaya perfectamente. También siento impaciencia, un poco de nervios y un poquito más de esas cosquillitas que le invaden a uno cuanto está así, medio tarado (o tarada).
Pero no importa. Hoy lo supero todo, supero las cosquillas, los miedos, la impaciencia y los nervios. Hoy veo las cosas un poco distintas. Hace frío, pero casi ni lo siento. También hay presión, pero casi tampoco la siento. Solo quiero hacer posible que lo imposible suceda. Será que todo es tan reciente, que tengo las ganas de hacer todo bien impregnadas en la piel. Pero eso tampoco importa. No importa si es momentáneo o duradero, lo importante es que está ahí y, mientras tanto, quiero aprovechar ese entusiasmo. No tengo idea de cómo te sientes tú, pero sería genial saber que, por ahí o por acá, vamos de la mano. Juntitos, como dicen, bien sincronizados.
Y así, terminó de escribir. Han pasado varias semanas desde que postié lo último y ahora regreso tan feliz como casi nunca lo he estado mientras escribía. Regreso con una sonrisa enorme, con unos ojos que brillan más de lo común, un poco idiotizada pero con más serenidad que antes. Quizás la marea ya ha bajado un poco, será que quizás ahora puedo volver a caminar despacio. Sea como sea, y dure cuanto dure, qué bien que apareciste. Qué bien que ahora estás conmigo.
