Mi bebé no era exactamente mío. No salió de mí, de mis entrañas, sino más bien de la imaginación de alguien muy creativo, muy inteligente, muy paja. Era realmente precioso. Era un blackberry. Era mi blackberry. Fue mío 4 días; luego de eso, alguna persona que no debería estar viviendo en este momento lo arranco de mi mochila, me lo robó. Hoy es el primer día que pasó sin él y, aunque no quiero sonar materialista ni superficial, lo extraño demasiado, se me salen las lágrimas de tan solo pensar en él.
Quizás, para muchos sea un simple objeto, un celular más; sin embargo, para mí era mucho más que eso. Era mi blackberry con el que tanto había soñado, con lo que más me había ilusionado, el que nunca pensé que llegaría a tener y que de un momento a otro estuvo en mis manos. Y eso no es todo. Dejó de ser un objeto sin valor cuando cierta persona me lo regaló. Yo no sé qué tanto puedo figurar en la vida de esa persona, pero él lo es todo en la mía. El simple hecho de que haya sido él quien me lo dio cambia drásticamente las cosas. Era mi blackberry, es verdad, pero en ese aparato había parte de él y eso lo hacía más que especial.
Aún no puedo creer que tan solo 4 días después de haber tenido una sonrisa en mis labios, esta se haya ido y haya sido reemplazada por llanto. La desesperación, la impotencia, la cólera y rabia que sentí cuando descubrí que ese objeto tan preciado había sido robado sin compasión alguna es indescriptible. No lo quiero aceptar. Quiero despertar y volver a ver mi blackberry junto a mí. Yo sé que eso no va a suceder. Nunca más volveré a tener otro igual. Nunca más será lo mismo.


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